martes, 20 de octubre de 2009

La epifanía infernal de W. Burroughs

Benway
Fragmeno de EL ALMUERZO DESNUDO
William Burroughs




Me encargan que contrate los servicios del doctor Benway para Islam S.A.

El doctor Benway ha sido llamado como consejero de la República de Libertonia, un lugar dedicado al amor libre y los baños continuos. Sus ciudadanos son equilibrados, conscientes, honrados, tolerantes y, por encima de todo, limpios. Pero el hecho de acudir a Benway indica que no todo anda bien tras esa higiénica fachada: Benway es un manipulador y coordinador de sistemas simbólicos, un experto en todos los grados de interrogación, lavados de cerebro y control. No había vuelto a ver a Benway desde su precipitada marcha de Anexia, donde estaba a cargo de la D.T.: Desmoralización Total.
Su primera medida fue suprimir los campos de concentración, las detenciones en masa y, excepto en algunas circunstancias especiales y limitadas, la tortura.

- Aborrezco la brutalidad - dijo -. No es eficaz. Y además los malos tratos prolongados sin llegar a la violencia física, causan, si se aplican adecuadamente, angustia y un especial sentimiento de culpa. Han de tenerse bien presentes unas cuantas normas o, mejor, ideas directrices. El sujeto no debe darse cuenta de que los malos tratos son un ataque deliberado contra su identidad por parte de un enemigo anti-humano. Debe hacérsele sentir que cualquier trato que reciba lo tiene bien merecido porque hay algo (nunca preciso) horrible en él que le hace culpable. Los adictos al control tienen que cubrir su necesidad desnuda con la decencia de una burocracia arbitraria e intrincada, de manera tal que el sujeto no pueda establecer contacto directo con su enemigo.


Todos los ciudadanos de Anexia fueron obligados a solicitar y llevar siempre encima una carpeta entera de documentos. Los ciudadanos podían ser interpelados por la calle en cualquier momento; y el Examinador, que podía ir vestido de calle o con diversos uniformes, con frecuencia en traje de baño o en pijama, otras veces desnudo completamente a no ser una insignia colgada del pezón izquierdo, después de comprobar todos los papeles, los sellaba. En la siguiente inspección, el ciudadano tenía que enseñar los sellos correspondientes a la última inspección. Si el Examinador detenía a un grupo numeroso se limitaba a comprobar y sellar los documentos de unos pocos. A partir de entonces los otros podían ser detenidos por no tener los papeles con los sellos correctos. La detención tenía carácter provisional, es decir, que el prisionero sería puesto en libertad cuando el Arbitro Adjunto de Explicaciones aprobase su Atestado de Explicaciones, debidamente firmado y sellado, si lo aprobaba. Dado que este funcionario rara vez aparecía por su despacho y el Atestado de Explicaciones tenía que presentarse personalmente, los explicadores se pasaban semanas y meses enteros esperando en oficinas heladas, sin sillas ni servicios higiénicos.

Los documentos se rellenaban con tinta volátil, se volvían papeletas de empeño caducadas. Constantemente se necesitaban nuevos documentos. Los ciudadanos corrían de una oficina a otra en un frenético intento de cumplir plazos imposibles. Se hicieron desaparecer todos los bancos de plazas y parques, fueron desecadas las fuentes, destruidos flores y árboles. En el tejado de las casas de apartamentos (todos vivían en apartamentos), sonaban cada cuarto de hora una sirenas tremendas. A menudo las vibraciones arrojaban a la gente de la cama. Grandes reflectores barrían la ciudad toda la noche (estaba rigurosamente prohibido usar persianas, cortinas, contraventanas o postigos).

Nadie miraba a nadie por miedo a las estrictas leyes que castigaban todo intento de molestar a otro, con o sin palabras, con cualquier propósito, sexual o no sexual. Cafés y bares estaban cerrados. Se necesitaba un permiso especial para comprar bebidas alcohólicas, y el licor así obtenido no podía ser vendido, regalado ni transferido a ninguna otra persona, y la presencia de cualquier otro en la habitación se consideraba prueba concluyente de tentativa de transferir alcohol.

Nadie estaba autorizado a cerrar la puerta con cerrojo, y la policía tenía llaves maestras de todas las habitaciones de la ciudad. Acompañados por un mentalista, irrumpían en las casas y se ponían "a buscarlo".

El mentalista los guía hacia lo que el individuo desea ocultar: un tubo de vaselina, una lavativa, un pañuelo con una corrida, un arma, bebidas de contrabando. Y siempre someten al sospechoso al registro más humillante para su persona, desnudándole y haciendo toda clase de comentarios burlones y despectivos sobre su cuerpo. Más de un homosexual en potencia acabó con camisa de fuerza después de que le metieran vaselina por el culo. O se paran delante de cualquier objeto. Un limpiaplumas o una horma.

- ¿Y eso para qué sirve?

- Es un limpiaplumas.

- Dice que es un limpiaplumas.

- Desde luego, hay que oír de todo.

- Creo que no necesitamos más. Venga con nosotros.

Tras unos meses de este sistema, los ciudadanos se acurrucaban en los rincones como gatos neuróticos.

Naturalmente, la policía de Anexia utilizaba un sistema tipo producido en serie para el control de sospechosos, saboteadores y disidentes políticos. Sobre los interrogatorios de sospechosos, Benway dice lo siguiente:
- Si bien en general evito el empleo de torturas - la tortura localiza al oponente y moviliza la resistencia - la amenaza de tortura es útil para inducir en el sujeto el sentimiento adecuado de impotencia ante y gratitud hacia el interrogador que no llega a usarla. Y la tortura puede usarse fructíferamente como pena cuando el sujeto ha adelantado en el tratamiento lo suficiente como para aceptar el castigo como cosa merecida. Con este fin ideé varias clases de procedimientos disciplinarios. Uno de ellos se conocía por "la centralita". En los dientes del sujeto se fijan unas fresas eléctricas que pueden ser puestas en marcha en cualquier momento y se indica al detenido que haga funcionar una centralita arbitraria, que introduzca determinadas clavijas en determinados agujeros en respuesta a unas señales de timbres y luces. Cada vez que comete un error las fresas giran durante veinte segundos. Las señales van siendo aceleradas gradualmente, siempre por encima del tiempo de reacción. Media hora en la centralita y el sujeto se derrumba como una máquina de pensar sobrecargada.

» El estudio de las máquinas pensantes nos enseña sobre el cerebro más de lo que podemos aprender con métodos introspectivos. El hombre occidental se exterioriza a sí mismo a través de artefactos. ¿Se han metido coca en la vena alguna vez? Pega directamente en el cerebro, activando conexiones de placer puro. El placer de la morfina en las vísceras: después de un pinchazo se escucha el propio cuerpo. Pero la blanca es electricidad en el cerebro y el hambre de coca es puramente cerebral, una necesidad sin cuerpo ni sensaciones. El cerebro cargado de coca es un billar eléctrico enloquecido, lanzando destellos azules y rosa en un orgasmo eléctrico. Un cerebro electrónico puede sentir el placer de la coca, los primeros latidos de la repugnante vida invertebrada. El ansia de blanca dura sólo unas horas, mientras permanecen estimulados los conductos de la coca. Naturalmente, el efecto de la C podría ser producido mediante una corriente eléctrica que activase los conductos de la C...

» Después de un tiempo, esos conductos se gastan, como las venas, y el adicto tiene que encontrar otros nuevos. Siempre hay una vena que se recupera a tiempo, y con una rotación habilidosa de las venas, el yonqui puede arreglárselas perfectamente si no se excede en el uso. Pero las células del cerebro quemadas no tienen arreglo y el adicto sin células se queda en una posición terriblemente jodida.

» Aposentados sobre huesos viejos y excrementos y chatarra ferruginosa, en medio de un calor de altos hornos, un panorama de idiotas desnudos se extiende hasta el horizonte. En silencio absoluto - tienen destruido el centro del lenguaje - excepto el crujido de las chispas y chisporroteo de la carne chamuscada al aplicar electrodos a lo largo de la columna vertebral. Un humo blanco de carne quemada flota en el aire inmóvil. Un grupo de niños tiene a un idiota atado a un poste con alambre de espino y le encienden una hoguera entre las piernas y contemplan con curiosidad bestial el ascenso de las llamas por sus muslos. El fuego hace crepitar su carne con la agonía del insecto.

» Pero me estoy saliendo del tema, como de costumbre. Hasta que tengamos un conocimiento más preciso de la electrónica del cerebro, las drogas seguirán siendo una herramienta esencial del interrogador en su ataque a la identidad del sujeto. Los barbitúricos resultan, desde luego, virtualmente inútiles. Es decir, quien pueda ser doblegado por ese medio, sucumbiría también bajo los métodos puerlies usados en cualquier comisaría norteamericana. La escopolamina suele ser eficaz para anular la resistencia, pero entorpece la memoria: el agente se muestra dispuesto a revelar sus secretos pero es incapaz de recordarlo, o se le mezclan inextricablemente las coartadas previstas con la información auténtica. La mescalina, la harmalina, el LSD6, la bufotenina, la muscarina tienen éxito en muchos casos. La bulbocapnina induce un estado próximo a la catatonia esquizofrénica... se han observado casos de obediencia automática. La bulbocapnina deprime el cerebro posterior, probablemente dejando inactivos los centros motores del hipotálamo. Otras de las drogas que ha producido esquizofrenia experimental - mescalina, harmalina, LSD6 - son estimulantes del cerebro posterior. En la esquizofrenia, el cerebro posterior es deprimido y estimulado alternativamente. A menudo, la catatonia va seguida de un período de excitación y activiad motriz durante el cual el demente corre por los pabellones haciendo pasar a todos un mal rato. Es frecuente que los esquizofrénicos profundos se nieguen a moverse y se pasen la vida en la cama. La "causa" ( el pensamiento causalista nunca logra dar una descripción precisa del proceso metabólico... limitaciones del lenguaje en uso) de la esquizofrenia sería una perturbación de la función reguladora del hipotálamo. Dosis alternas de LSD6 y bulbocapnina - ésta potenciada con curare - permiten obtener un alto grado de obediencia automática.
» Hay otros procedimientos. Puede provocarse una profunda depresión en el sujeto administrándole grandes dosis de bencedrina durante varios días. Y la psicosis se induce mediante la administración continuada de dosis elevadas de cocaína o demerol, o la supresión brusca de barbitúricos tras un suministro prolongado. Puede también hacérsele adicto a la dihidroxiheroína y suprimirle después la droga (este compuesto es cinco veces más adictivo que la heroína y el síndrome de carencia es proporcionalmente severo).

» Hay varios "métodos psicológicos": el psicoanálisis compulsivo, por ejemplo. Se pide al sujeto que haga una hora de "libre asociación" todos los días (en casos en los que el tiempo no es fundamental): -"Vamos, vamos. No seamos negativos, muchacho. Papá llamará al hombre malo. Se llevará al niño a dar un paseo hasta la centralita".

» El caso de una agente que olvidó su verdadera identidad y se fusionó con su coartada -y sigue de intermediaria en Anexia -, me sugirió otro truquito. Un agente está entrenado para negar su condición de tal afirmando una coartada. Entonces ¿por qué no hacer jiu- jitsu psíquico y seguirle la corriente? Sugerirle que la identidad de la coartada es la suya y no tiene otra. Su identidad de agente se vuelve inconsciente, es decir, escapa a su control; y así se la puede hacer salir a la superficie con drogas e hipnotismo. Por este sistema se puede hacer un invertido de un ciudadano heterosexual cualquiera... es decir, reforzar y segundar el rechazo de las tendencias homosexuales generalmente latentes, y al mismo tiempo privarle de mujeres y someterlo a estímulos homosexuales. Luego drogas, hipnosis y ... - Benway agitó una mano fláccida.

» Hay muchos sujetos vulnerables a la humillación sexual. Desnudez, estimulación con afrodisíacos, vigilancia constante para incomodar al sujeto e impedirle el alivio masturbatorio (durante el sueño, las erecciones hacen sonar automáticamente un enorme zumbador eléctrico que vibra la cama y arroja al sujeto a una bañera de agua fría, lo que reduce al mínimo al número de poluciones nocturnas). Trucos para hipnotizar a un sacerdote, explicarle que está a punto de consumar una unión hipostásica con el Cordero, y luego poner a un acrnero verriondo a darle por el culo. Después de esto el Interrogador obtienen un control hipnótico absoluto, y el sujeto acudirá a su silbido, se cagará en el suelo con que le diga "ábrete sésamo". No es preciso decir que el sistema de humillación sexual está contraindicado en la homosexualidad declarada. (Es decir, hay que abrir bien los ojos y recordar las viejas consignas... nunca se sabe quién está escuchando.) Recuerdo a un chico al que condicioné para que se cagase al verme. Luego le limpiaba el culo y me lo follaba. Cosa sabrosa. Y además, era un chico encantador.. Y a veces un sujeto se echa a llorar como un niño porque no puede evitar el eyacular cuando se lo follan. Bien, como se ve claramente, las posibilidades son infinitas, como los senderos que se bifurcan en un grande y hermoso jardín. Estaba empezando a rascar esa adorable superficie cuando fui depurado por los aguafiestas del Partido... En fin, son cosas de la vida.

Llego a Libertonia, el país más limpio e insípido que conozco. Benway es el director del C.R., Centro de Reacondicionamiento. Caigo por allí y los "¿Qué ha sido de tal y de cuál?" dan respuestas como "Sidi Idriss Smithers, alias el Bufaire, se vendió a la Ley por un suero de la eterna juventud. Para hacer tonterías no hay como una carroza". "Lestes Stroganoff Smunn, El Hassein, se volvió latah tratando de lograr el P.O.A.(Proceso de Obediencia Automática)perfecto. Un mártir de la investigación..." (El latah es un estado que aparece en el Sudeste asiático. Los latahs, que en otros aspectos son normales, imitan compulsivamente todos los movimientos una vez que se ha atraído su atención con un mero chasquido de los dedos o una voz de mando. Un forma de compulsión hipnótica involuntaria. A veces se causan heridas a sí mismos al tratar de imitar los movimientos de varias personas al mismo tiempo.)

- Le contaré un secreto atómico. Interrúmpame si ya lo sabe.

El rostro de Benway conserva su forma bajo el flash de urgencia, sujeto en cualquier momento a resquebrajamientos o metamorfosis indescriptibles. Parpadea como una imagen que entra y sale de foco.

- Venga - dice Benway -, le enseñaré el C.R.

Avanzamos por un largo vestíbulo blanco. La voz de Benway se infiltra en mi conciencia desde un lugar impreciso... una voz sin cuerpo, unas veces clara y sonora, otras apenas audible, como música en una calle ventosa.

- Grupos aislados como los indigenas del archipiélago Bismarck. Entre ellos no hay homosexuales declarados. El matriarcado de los cojones. Todos los matriarcados anti-homosexuales, conformistas prosaicos. Si se encuentra en un matriarcado camine, no corre, hacia la frontera más cercana. Si corre, algún polizonte marica frustado o en potencia le pegará un tiro. ¿Así que hay quien quiera establecer una cabeza de puente de homogeneidad en unos mataderos de potenciales como Europa y EE.UU.? Otro jodido matriarcado, mal que le pese a Margaret Mead... otro mal sitio. Pelea de bisturíes con un colega en el quirófano. Y mi ayudante, la babuino, saltó sobre el paciente y lo hizo pedazos. Los babuinos siempre atacan a la parte más débil en un altercado. Y hacen bien. No debemos nunca olvidar nuestra gloriosa herencia simiesca. El doctor Browbeck tuvo parte en la segunda parte. Abortista retirado, vendedor de droga (en realidad era veterinario), incorporado al servicio cuando la escasez de mano de obra.
Bueno, el doctor se había pasado toda la mañana en la cocina del hospital tirando viajes a la enfermas y cociéndose con gas ciudad y Klim; y justo antes de la operación, se metio un lingotazo doble de nuez moscada, para darse ánimos.

(En Inglaterra, y especialmente en Edimburgo, los ciudadanos hacen pasar el gas ciudad a través de un filtro de Klim - una forma terrible de leche en polvo que sabe a tiza rancia - y se tragan el resultado. Empeñan todos sus bienes en pagar la factura del gas y cuando el hombre aparece para cortárselo por falta de pago, sus aullidos se oyen a kilómetros de distancia. Cuando un ciudadano está enfermo de carencia dice que "tiene la cocina limpia" o que "se le ha subido la estufa a la espalda".

Nuez moscada. Cito un artículo mío sobre estupefacientes aparecido en el British Journal of Addiction (ver "Apéndice"): «Presos y marineros recurren a veces a la nuez moscada. Se traga una cucharada con un poco de agua. Resultados vagamente similares a la marihuana más los efectos secundarios de náusea y dolor de cabeza. Existen varios estupefacientes de la familia de la nuez moscada usados por los indios de América del Sur. Suelen usarse aspirando el polvo seco de la planta molida. Los hechiceros toman esas sustancias tóxicas y entran en estados convulsivos, y se atribuye significado profético a sus gestos y a sus parloteos incoherentes. »

- Yo tenía resaca de yagé y no estaba en condiciones de aguantar las cagadas de Browbeck. Lo primero con lo que me sale es que tengo que hacer la incisión desde atrás en vez de delante, murmurando no sé qué estupideces sobre que si se corta la vesícula biliar se joderá la carne. Se creía que estaba en una granja limpiando un pollo. Le dije que metiera la cabeza en el horno y abriese el gas, y el tipo tuvo el descaro de empujarme la mano con lo que me hizo seccionar la arteria femoral del paciente. Un chorro de sangre saltó a los ojos del anestesista que echó a correr dando voces por el vestíbulo. Browbeck intentó pegarme un rodillazo en la ingle, pero conseguí desjarretarlo de un tajo de bisturí. Se arrastró por el suelo tirándome puñaladas en las
piernas. Mi ayudante Violeta, la babuino - la única mujer que me importó algo alguna vez - , estaba realmente cabreada. Me subí a la mesa y me disponía a saltar con los pies sobre Browbeck cuando entro la pasma.

» Bien, pues puede decirse que ese escándalo en el quirófano, "ese incalificable suceso", como dijo el Super, fue el golpe definitivo. Los lobos estaban acorralando ya a su presa. Crucifixión, es la palabra justa. Yo también habiá hecho alguna estupidez aquí o allá. ¿Quién no? Aquella vez, por ejemplo, que el anestesista y yo nos bebimos todo el éter y el paciente se despertó, y me acusaron de cortar la cocaína con detergente. Era cosa de Violeta. Tuve que protegerla, claro está...

» Total, y en resumen, que nos apearon a todos del negocio. No es que Violeta fuera una matasanos por lo legal, ni tampoco Browbeck, si nos ponemos así, pero llegar a poner en duda mi título... Además de que Violeta sabía más de medicina que toda una clínica junta. Tenía una intuición extraordinaria y un elevado sentido del deber.

» Así que me encontré en al calle y sin diploma. ¿Iba a cambiar de oficio? No. Llevaba la medicina en la sangre. Me las arreglé para mantenerme en forma haciendo abortos baratos en los retretes del metro. Me rebajé hasta a ofrecerme por la calle a las embarazadas. Algo decididamente poco ético. Entonces conocí a un gran tipo, Juan Placenta, el rey de las secundinas. Se lo montó en la guerra a base de abortones. (Los abortones son terneros prematuros que arrastran las secundinas y bacterias, y generalmente en malas condiciones de salubridad y viabilidad. Un ternero no puede venderse para carne hasta tener un mínimo de seis semanas. Antes de esa fecha se clasifica como abortón. El tráfico de estos terneros está rigurosamente prohibido.) Bien, pues Juanito controlaba una flota de cargueros bajo bandera absinia para eludir restricciones molestas. Me dio un puesto de médico a bordo del Filiarisis, el trasto más roñoso que haya surcado los mares. Operaba con una mano, apartaba a las ratas del
paciente con la otra, chinches y escorpiones llovían de techo.

» Hasta que hay alguien que quiere homogeneidad en este momento. Se puede, pero cuesta. Me aburre todo el proyecto... Hemos llegado... El callejón del hastío.

Benway dibuja un esquema en el aire y se abre una puerta. Entramos y vuelve a cerrarse. una gran sala con destellos de acero inoxidable, suelos de baldosas blancas, paredes de cristal. Camas a uno de los lados. Nadie fuma, nadie lee, nadie habla.

- Venga a verlos de cerca - dice Benway.

Me acerco y me detengo delante de un hombre que está sentado en la cama. Le miro a los ojos. Nadie, nada me devuelte la mirada.

- D.N.I.- dice Benway - Deterioro Nervioso Irreversible. Liberación excesiva, podriamos decir... una rémora para el negocio.

Paso la mano ante los ojos del hombre.

- Sí - dice Benway -, todavía tienen reflejos. Mire esto.

Benway saca una chocolatina del bolsillo, le quita el papel y la pone delante de las narices del hombre. El hombre huele. Sus mandíbulas empiezan a moverse. Hace ademanes como de agarrar. La saliva se le sale de la boca y le escurre por la barbilla, en largos colgajos. El estómago hace ruidos. El cuerpo entero se retuerce con movimientos peristálticos. Benway da un paso atrás con la chocolatina en alto. El hombre cae de rodillas, echa la cabeza hacia atrás y ladra. Benway le tira el chocolate. El hombre le lanza un bocado, falla, se revuelve por el suelo haciendo ruidos babosos. Se mete debajo de la cama, encuentra el chocolate y se lo empapuza a dos manos.

- ¡Dios! Estos DIs no tiene nada de clase.

Benway llama al enfermero que está sentado al fondo de la sala leyendo un libro de comedias de J.M.Barrie.

- Sáqueme a estos puñeteros DIs de aquí. Son un corte. Es malo para el turismo.

- ¿Qué hago con ellos?

- ¿Y yo qué coño sé? Yo soy un científico. Un científico puro. Sáquelos de aquí y basta. No quiero tener que verlos más. Son gafes.

- Pero ¿cómo?¿dónde?

- Los conductos correspondientes. Avise al Coordinador de Distrito o como quiera que se llame... Cambia de nombre cada semana. Dudo que exista.

El doctor Benway se para ante la puerta y se vuelve a mirar a los DNIs.

- Nuestros fracasos - dice -. En fin, son gajes del oficio.

- ¿Se recupera alguno?

- No volverán, una vez idos nunca volverán - canturrea Benway -. Esta otra sala tiene algún interés.

Los pacientes forman grupos, hablan y escupen al suelo. La droga flota en el aire como una niebla gris.

- Es reconfortante - dice Benway - ver a estos adictos esperando a su Hombre. Hace seis meses estaban todos esquizofrénicos. Algunos no se habían levantado de la cama durante años. Mírelos ahora. En todos mis años de profesión, no he visto nunca a un yonqui esquizofrénico, pese a que los yonquis suelen dar el tipo físico de los esquizos. Si quiere curar a alguien de algo, averigüe quiénes no lo tienen. Oh, a propósito, hay una región de Bolivia en la que no se dan psicosis. Quisiera ir allí antes que se eche a perder con alfabetizaciones, publicidad, televisión y automóviles. Hacer un estudio estrictamente a partir del metabolismo: alimntación, uso de drogas y alcohol, sexo, etc. ¿A quién le interesa lo que piensan? Las mismas tonterías que pensamos todos, me atrevería a decir.

» ¿Y por qué no padecen esquizofrenia los yonquis? Todavía no lo sé. Un esquizofrénico es capaz de ignorar el hambre y morirse de inanición si no le dan de comer. Pero nadie puede ignorar la carencia de heroína. La adicción es un hecho que obliga al contacto.

» Pero éste es sólo un aspecto. La mescalina, el LSD6, la adrenalina en mal estado, la harmalina, pueden priducir una esquizofrenia aparente. Y el mejor producto es el que se extrae de la sangre de los esquizos; así pues, la esquizofrenia es como una psicosis por drogas. Es una conexión metabólica, un Traficante Interior se podría decir.

- En el estado terminal de la esquizofrenia, el cerebro posterior está deprimido permanentemente, mientras que el anterior carece casi de contenido, dado que el cerebro anterior sólo actúa como respuesta a los estímulos del posterior.

» La morfina actúa como antídoto de la estimulación del cerebro posterior, al igual que al sustancia esquizofrénica(nótese la similitud entre el síndrome de carencia y la intoxicación con ayahuasca o LSD6). Un posible efecto secundario de la droga - en especial los casos de adicción a la heroína en que el adicto tiene acceso a grandes dosis - es la depresión permanente del cerebro posterior, y un estado muy parecido a la esquizofrenia terminal: falta absoluta de afectividad, autismo, virtual ausencia de actividad en el cerebro. El adicto puede pasarse ocho horas mirando la pared. Tiene conciencia de lo que le rodea, pero carece de connotaciones emocionales y, por consiguiente, de interés. Recordar un período de adicción fuerte es como escuchar una grabación de acontecimientos vividos sólo por el cerebro anterior. Relación escueta de acontecimientos exteriores: "Fui a la tienda y compré un poco de azúcar morena. Llegué a casa y comí medio paquete. Me puse una inyección de tres granos, etc". Recuerdos totalmente desprovistos de nostalgia. Sin embargo, tan pronto como el nivel de droga desciende bajo par, el flujo de la carencia inunda el cuerpo.

» Si todo placer es alivio de tensiones, la droga suministra un alivio de todo el proceso vital, al desconectar el hipotálamo, control de la líbido y de la energía psíquica.

» Algunos de mis doctos colegas (innombrables tontos del culo), han sugerido que la droga produce su efecto euforizante por estimulación directa del centro del orgasmo. Parece más probable que la droga lo que hace es interrumpir todo el ciclo, tensión, descarga, descanso. El orgasmo no cumple función alguna para el adicto. El aburrimiento, que indica siempre una tensión no descargada, jamás afecta al adicto. Puede pasar ocho horas mirándose los zapatos. Sólo pasa a la acción cuando se vacía el reloj de arena de la droga.

Al fondo de la sala, un enfermero lecanta un cierre metálico y lanza un reclamo para cerdos. Los yonquis se precipitan gruñendo y chillando.

- Un tipo listo - dice Benway -. Nada de respetar la dignidad humana. Ahora le enseñaré la sala de los delincuentes y pervertidos leves. Sí, aquí la delincuencia es una perversión menor. No niegan el contrato social de Libertonia. Se limitan a tratar de eludir alguna cláusula. Reprensible, pero no demasiado serio. Por aquí abajo... Dejaremos las salas 23, 86, 57 y 97... y el laboratorio.

- ¿Los homosexuales están clasificados como pervertidos?

- No. Recuerde el archipiélago de Bismarck. No hay homosexualidad declarada. Un estado-policía que funcione no necesita policía. A nadie se le ocurre que la homosexualidad sea una conducta concebible... En un matriarcado la homosexualidad es un delito político. Ninguna sociedad tolera el rechazo declarado de sus principios fundamentales. Aquí no estamos en un matriarcado, Insh'allah. Conocerá usted el experimento que consiste en someter unas ratas a electroshock e inmersión en agua fría apenas se acercan a una hembra. Pronto se vuelven todas ratas maricas, y si una de esas ratas chillase «soy una loca y me encaaaanta serlo» sería una rata normal. Durante mi más bien breve experiencia como psicoanalista - puntos de fricción con la Sociedad - a un paciente le dio ataque de locura y salió corriendo por la Estación Central con un
lanzallamas, dos se suicidaron y otro se me murió en el diván como una rata de selva (las ratas de selva llegan a morirse si se encuentran repentinamente en una situación desesperada). Sus parientes se cabrean y yo les digo: «Son gajes del oficio. Llévense este fiambre de aquí. Me deprime a los pacientes vivos.» Me di cuenta de que todos los pacientes homosexuales manifestaban fuertes tendencias heterosexuales inconscientes y los heteros tendencias homosexuales inconscientes.

- ¿Y qué concusiones saca usted?

- ¿Conclusiones? Absolutamente ninguna. Era una observación de pasada.

Estamos almorzando en el despacho de Benway y suena una llamada.

- ¿Cómo...? ¡Monstruoso! ¡Fantástico...! Siga con ello y espere.

Colgó el teléfono.

- Estoy dispuesto a aceptar de inmediato el cargo en Islam S.A. Al parecer el cerebro electrónico se ha vuelto loco jugando al ajedrez de dimensiones con el Técnico y ha soltado a todos los sujetos del C.R. Hemos de llegar al tejado. Está prevista la Operación Helicóptero.

Desde el techo del C.R. asistimos a una escena de horror sin igual. Los DIs andan por delante de las mesas de café con largos hilos de saliva colgándoles de la barbilla y los estómagos haciendo sonoros gorgoteos, otros eyaculan a la vista de las mujeres. Los latahs imitan a los transeúntes con obscenidad de monos. Los yonquis han saqueado las farmacias, se chutan por las esquinas... Los catatónicos decoran los parques... Los esquizofrénicos se apresuran por las calles con gran agitación lanzando gritos desgarradores, inhumanos. Un grupo de PRs - Parcialmente Reacondiciondos - tienen rodeados a unos turistas homosexuales y les hacen ver sus cráneos nórdicos sobrepuestos con horribles sonrisas comprensivas.

- ¿Qué quieren? - suelta una de las locas.

- Queremos comprenderles.

Un contingente de simiópatas dan aullidos colgados de farolas, balcones y árboles, cagando y meando encima de los transeúntes. (Un simiópata - no recuerdo el nombre científico de esta anomalía - es un ciudadano convencido de ser un mono, u otro simio. Es una anomalía propia de la vida militar que se cura con el licenciamiento.) Los enloquecidos del amok corretean cortando cabezas a su paso, con rostros dulces y remotos y sonrisa flotante... Ciudadanos con bang-utot incipiente se aferran a sus penes y piden auxilio a los turistas... Salteadores árabes lanzan gritos y alaridos, castran, destripan, arrojan gasolina inflamada... Unos bailarines hacen strip-tease con intestinos, hay mujeres que se meten genitales seccionados en el coño, los raspan, los golpean, los agitan ante el hombre elegido. Fanáticos religiosos en helicópteros arengan a las multitudes y hacen llover tabletas de piedra que contienen mensajes sin sentido... Hombres-leopardo desgarran a la gente con sus garras de hierro, entre toses y rugidos. Iniciados de la Sociedad de Canibalismo Kwakiutl arrancan narices y orejas a mordiscos...

Un coprófago recoge un plato, caga encima y se come la mierda, exclamando: «¡Mmmm, qué rica está!»

Un batallón de pelmazos desenfrenados merodea por calles y hoteles en busca de víctimas. Un intelectual de vanguardia: «Es evidente que la única literatura válida de hoy en día es la que se halla en los informes y las revistas científicas», le ha puesto a alguien una inyección de bulbocapnina y se dispone a leerle un folleto sobre «el uso de la neohemoglobina en el control del granuloma degenerativo múltiple». (Naturalmente, el informe es una pura jerigonza, compuesta e impresa por él.)

Sus primeras palabras: «Me parece usted persona inteligente».(Palabras de mal agüero siempre, muchacho... Cuando las oigas no debes preparar la huida, sino largarte de inmediato)

Un oficial de colonias inglés ayudado por cinco policías jóvenes, ha detenido a un sujeto en la barra del club: «¿Conoce Mozambique?», y se lanza a la saga interminable de su paludismo:

- Así que el médico me dijo: «Lo único que le aconsejo es que abandone la región. De lo contrario acabaré enterrándole a usted.» El matasanos ese se dedica también a las pompas fúnebres. Un poco de aquí, otro poco de allí, digamos, y de vez en cuando se daba a sí mismo un trabajito que hacer. - A la tercera ginebra, cuando ya te vaya conociendo, se pasa a la disentería -. La evacuación es de lo más extraordinario. De un color más o menos amarillo blancuzco, como lefa rancia, y pringosa, ya sabe.

Un explorador de salacot ha derribado a un ciudadadano con una cerbatana de dardos con curare. Le hace la respiración artificial con un pie. (El curare mata por parálisis pulmonar. No tiene ningún efecto tóxico; no es, estrictamente hablando, un veneno. Si se le hace respiración artificial, el sujeto no morirá. El curare se elimina muy rápidamente por los riñones.)

- Eso era el año de la fiebre bovina, cuando se moría todo, hasta las hienas... Así que allí estaba yo, en las fuentes de Culodemono, y sin una gota de vaselina. Cuando llegó por paracaídas mi gratitud fue indescriptible... Por cierto, que hasta ahora no se lo había contado a ningún bicho viviente... plagas esquivas...- su voz resuena a través del vasto vestíbulo vacío de un hotel estilo 1890, terciopelos rojos, plantas de caucho, dorados y estatuas -. Fui el único blanco iniciado en la infame Sociedad Agouti, que presenció y participó en sus ritos innombrables.

La Sociedad Agouti ofrece una fiesta Chimú. (Los Chimús del antiguo Perú eran muy dados a la sodomía y en algunas ocasiones libraban batallas a garrotazos que llegaban a causar varios cientos de bajas en una tarde.) Los jóvenes, retándose y jugueteando con los garrotes, se agolpan en el campo. Comienza la batalla.

La fealdad del espectáculo, amable lector, sobrepasa toda descripción. ¿Quién puede ser un vil cobarde meado de miedo y al mismo tiempo un vicioso mandril culimorado, alternando tan deplorables estados como escenas de vodevil? ¿Quién puede cagar sobre un adversario caído que, moribundo, come la mierda y grita de júbilo? ¿Quién puede ahorcar a un débil mental para recibir su esperma en la boca como un perro vicioso? Con gusto, amable lector, haría gracia de estos detalles, pero mi pluma, como el viejo marinero, tiene su propia voluntad. ¡Oh, Cristo bendito, qué escena ésta! Un chulo joven y bestial hace saltar el ojo de su compañero y se la mete por el cerebro. «Este cerebro ya está atrofiado, y más seco que el coño de la abuela.»

Se convierte en un macarra rockero:

- A tomar por el saco la muy puta. Como un crucigrama, ¿qué relación tiene conmigo el resultado si no hay resultado? ¿Mi padre ya o todavía no? A ti no puedo joderte, Jack, estás a punto de ser mi padre, mejor sería cortarte el cuello y follarme a mi madre a las claras que joder a mi padre o viceversa mutatis mutandis según y cómo, y cortarle el cuello a mi madre, bendita puta, aunque sería la mejor manera de atajar esa horda de palabras y congelar su cuenta corriente. O sea que cuando a uno lo paran en el cambio de agujas no sabe si poner el culo al «padre eterno» o hacerle un corte a la navaja a la señora. Dame dos coños y una picha de acero y procura no meter tu cochino dedo en mi plato, capullo, ¿qué te crees que soy, un receptor con el culo morado huido ya de Gibraltar? Macho y hembra. Los castró él. ¿Hay alguien que no distinga los sexos? Te cortaré el cuello, blanco hijo de puta. Sal a la luz como nieto mío y enfréntate a tu madre por nacer en dudosa batalla. La confesión jodió su obra maestra. Le corté el cuello al portero por un puro error de identidad, era un polvo tan terrible como el viejo. Y en la carbonera todas las pollas son iguales.

Volvamos pues al campo de batalla. Un joven ha penetrado a su camarada en tanto otro amputa la parte más orgullosa del estremecido beneficiario de su vergajo de modo que el miembro visitante proyecta llenar el vacío que natura aborrece y eyacula en la Laguna Negra en la que impacientes pirañas devoran al niño aún no nacido ni - a la vista de ciertos hechos bien probados - probable.

Otro pelmazo anda con una maleta llena de trofeos y medallas, copas y cintas.

- Pues esto lo gané en Yokohama, el premio es el artefacto sexual más ingenioso. (Sujétenlo, es un caso desesperado.) Me lo dio el emperador en persona y todos los demás participantes se castraron con cuchillos de harakiri. Y esta cinta la gané en un concurso de degradación en Teherán en las reuniones de Yonquis Anónimos.

- Me piqué toda la morfina de mi mujer que estaba en cama con una piedra en el riñón tan grande como el diamante Hope, y a ella le di media vagamina y le dije «no esperes que te alivie del todo... Y cállate ya. Quiero disfrutar de mi medicación».

- Robé un supositorio de opio del culo de mi abuela.

El hipocondríaco tira el lazo sobre un transeúnte, lo mete en una camisa de fuerza y empieza a hablarle de su septum podrido:

- Puede producirse una descarga de pus espantosa... espere un poco y la verá.

Hace un strip-tease y guía los dedos recalcitrantes de su víctima por las cicatrices de su operación:

- Toque esta hinchazón purulenta en la ingle, ahí tuve linfogranulomas... Y ahora quiero que palpe mis hemorroides internas.

(Una referencia al linfogranuloma, «bubones climáticos», Una enfermedad venérea viral propia de Etiopía.)«Por algo nos llamas puercos etíopes», se burla un mercenario etíope, venenoso como una cobra real, mientras sodomiza al Faraón. Los antiguos papiros egipcios hablan todo el tiempo de puercos etíopes.

Así que todo empezó en Addis Abeba, como el charleston, pero éstos son otros tiempos. Un Solo Mundo. Ahora los linfogranulomas florecen en Shanghai y en Esmeraldas, en Nueva Orleans y en Helsinki, en Seattle y en Ciudad del Cabo. Pero el corazón añora la patria y la enfermedad muestra una clara predilección por los negros, es la niña bonita de los racistas blancos. Pero se dice que los brujos del Mau Mau están cocinando una preciosidad de venérea sólo para blancos. No es que los caucásinos sean inmunes a esta enfermedad: en Zanzíbar la contrajeron cinco marineros británicos. Y en el condado de Negro Muerto, Arkansas («La gente más blanca y la roña más negra de Estados Unidos. Negro, no dejes que el sol se ponga contigo aquí»), el forense apareció con bubones aproa y popa. Tan pronto como su estado interesante fue evidente, un comité de vecinosultras lo quemó vivo en los excusados del juzgado, entre grandes disculpas. «Vamos,Clem, hazte idea de que eres una vaca aftosa.» «O un capón con la peste avícola.» «No os pongáis demasiado cerca, chicos. Igual le explotan los intestinos con el fuego». En resumen, la enfermedad tiene la habilidad para viajar, no como algunos virus desgraciados que están destinados a languidecer sin realizarse en las tripas de una garrapata o de un mosquito tropical, o en la saliva de plata de un chacal que agoniza bajo la luna del desierto. Tras una lesión inicial en el punto de infección, la enfermedad pasa a los ganglios linfáticos de la ingle, que se hinchan, revientan y dejan unas grietas que supuran durante días, meses, años, un flujo purulento y pringoso salpicado de sangre y linfa putrefacta. Frecuentemente se complica con elefantiasis de los órganos genitales, y se han señalado casos de gangrena para los que estaba indicada la amputación in medio, de cintura abajo, del paicente, aunque apenas merecía la pena. Las mujeres sufren generalmente infección secundara del ano. Los varones que acceden al coito anal pasivo con un compañero infectado, como si fueran mandriles débiles a punto de poner el culo encarnado, pueden también dar cobijo a un pequeño forastero. A la proctitis inicial y al inevitable flujo purulento - que puede pasar inadvertido en el barullo - sigue una constricción del recto que requiere la intervención de un descorazonador del manzanas o su equivalente quirúrgico para que el infortunado paciente no se vea obligado a tirarse pedos por la boca ni a cagarse en los dientes dando lugar a caso de halitosis persistente e impopularidad con todos los sexos, edades y estados del homo sapiens. De hecho, un bujarrón ciego fue abandonado por su lazarillo, un perro policía, polizonte de corazón. Hasta muy recientemente no había tratamiento
satisfactorio. «Se hace tratamiento sintomático», lo que en el oficio quiere decir que no hay ninguno. Ahora muchos casos ceden a la terapia intensiva con aureomicina, terramicina y algunos de los últimos inventos. No obstante, un porcentaje apreciable se muestra tan refractario como los gorilas de las montañas... Así pues, chicos, cuando esas lenguas de fuego jugueteen con vuestras pelotas y vuestras pijas y se os trepen por el culo como su soplete azul invisible de orgones, en palabras de I.B.Watson, Pensad. Dejaos de jadeos y empezad a palpar... y si palpáis un bubón, salíos fuera y decir con un gemido nasal y frío: «¿Crees que me interesa el contacto con tu horrible estado? No me interesa en absoluto.»

Gamberros rockeros adolescentes toman por asalto las calles de todas las naciones. Irrumpen en el Louvre y arrojan ácido al rostro de la Gioconda. Abren puertas de zoos, manicomios, cárceles, revientan las conducciones de agua con martillos neumáticos, rompen a hachazos el suelo en los lavabos de los aviones comerciales, apagan faros a tiros, liman los cables de ascensor hasta dejar un solo hilo, conectan las alcantarillas a los depósitos de agua, arrojan tiburones y rayas, anguilas eléctricas y candirús a las piscinas (el candirú es un pez pequeño en forma de anguila o gusano de medio centímetro de grosor y de unos cinco de largo que circula por ciertos ríos de mala reputación de la cuenca del Amazonas, y que se cuela por la picha o por el culo, o por el coño de las mujeres faute de mieux, y se queda allí enganchado gracias a sus espinas afiladas sin que se sepa bien con qué objeto porque no ha habido ningún voluntario que observe in situ el ciclo vital del candirú), meten el Queen Mary a toda máquina en el puerto de Nueva York vestidos de marineros, hacen carreras con aviones y autobuses de pasajeros, irrumpen vestidos de bata blanca en hospitales y clínicas llevando serruchos y hachas y bisturíes de un metro de largo; sacan a los paralíticos de sus pulmones de acero (imitan sus ahogos revolcándose por el suelo con los ojos desorbitados), ponen inyecciones con bombas de bicicleta, desconectan riñones artificiales, cortan a una mujer por la mitad con una sierra quirúrgica de dos manos, meten piaras de cerdos gritones en la Bolsa, cagan en el suelo de las Naciones Unidas y se limpian el culo con tratados, pactos, alianzas.

En avión y en coche, a caballo, camello o elefante, en tractores, en bicicletas o apisonadoras, a pie, en esquíes y trineos, muletas y saltadores, los turistas asaltan las fronteras, reclamando asilo con imperiosa urgencia «ante una situación indescriptible en que se encuentra Libertonia»; la Cámara de Comercio se esfuerza en vano por contener el desastre:

- Por favor, no pierdan la serenidad. Sólo son unos cuantos locos que se han escapado del manicomio.

martes, 4 de agosto de 2009

Ley contra el cristianismo

Otra perla del gran Federico

Guerra A Muerte Contra El Vicio: El Vicio Es El Cristianismo

ARTÍCULO PRIMERO: Viciosa es toda especie de contranaturaleza. La especie más viciosa de hombre es el sacerdote: el enseña la contranaturaleza. Contra el sacerdote no se tienen razones se tiene presidio.

ARTÍCULO SEGUNDO: Toda participación en un servicio divino es un atentado contra la moralidad pública. Se será más duro contra los protestantes que contra los católicos, más duro contra los protestantes liberales que contra los protestantes ortodoxos. Lo que hay de criminal en el ser cristiano crece en la medida en que uno se aproxima a la ciencia. El criminal de los criminales es, por consiguiente, el filósofo.

ARTÍCULO TERCERO: El lugar maldito en que el cristianismo ha encovado sus huevos de basilisco será arrasado, y, como lugar infame de la tierra, constituirá el terror de toda la posteridad. En él se criarán serpientes venenosas.

ARTÍCULO CUARTO: La predicación de la castidad es una incitación pública a la contranaturaleza. Todo desprecio de la vida sexual, toda impurificación de la misma con el concepto de “impuro” es el auténtico pecado contra el espíritu santo de la vida.

ARTÍCULO QUINTO: Comer en la misma mesa con un sacerdote le hace quedar a uno expulsado: con ello uno se excomulga así mismo de la sociedad honesta. El sacerdote es nuestro chandala, - se le proscribirá, se lo hará morir de hambre, se lo echará a toda especie de desierto.

ARTÍCULO SEXTO: A la historia “sagrada” se la llamará con el nombre que merece, historia maldita; las palabras “Dios”, “redentor”, “santo”, se las empleará como insultos como divisas para los criminales.

ARTÍCULO SÉPTIMO: El resto se sigue de aquí.


El Anticristo
Friedrich Nietzsche

sábado, 1 de agosto de 2009

Nietzsche y el criminal


Tomado de 'El crepúsculo de los ídolos'



El criminal y sus afines. El tipo del criminal es el de un hombre fuerte situado en unas condiciones desfavorables, un hombre fuerte que se ha puesto enfermo. Le falta la “selva”, cierta naturaleza y forma de existencia más libres y peligrosas, donde esté justificado todo lo que es arma y armadura en el instinto del hombre fuerte. Sus virtudes están proscritas por la sociedad; sus impulsos más vivos no tardan en ligarse con los afectos depresivos, con el recelo, el miedo y el deshonor. Mas esto es casi la receta para la degeneración fisiológica. Quien hace subrepticiamente lo que mejor sabe hacer y que más le gustaría hacer, con sostenida tensión, cautela y astucia, se vuelve anémico, y como sus instintos siempre le valen tan sólo peligro, persecución y fatalidad, también su sentir se vuelve contra estos instintos los siente de manera fatalista. En la sociedad, nuestra sociedad mansa, mediocre y castrada, es donde el hombre natural, que viene de la montaña o de las aventuras del mar, degenera necesariamente en criminal... O casi necesariamente, pues casos hay en que tal hombre resulta ser más fuerte que la sociedad. El corso Napoleón es el más famoso de ellos. Respecto al problema que aquí se plantea, es importante el testimonio de Dostoievsky, el único sicólogo, dicho sea de paso, que tuvo algo que enseñarme, constituyendo una de las venturas más sublimes de mi vida, en mayor grado aún que el descubrimiento de Stendhal. Este hombre profundo, quien tuvo diez veces razón de despreciar a los alemanes superficiales, sintió a los presidiarios siberianos, con los que convivió durante largo tiempo, criminales sin excepción, para los cuales no había retorno -posible al seno de la sociedad, a pesar de lo que Dostoievsky supusiera: tallados poco más o menos en la madera más dura y preciosa que crece en tierra rusa. Generalicemos el caso del criminal; imaginemos a hombres a los que por cualquier razón se niega la sanción pública y que saben que no se los tiene por útiles: ese sentimiento tshandala de saberse considerado no como un igual, sino como proscrito, indigno e impuro. Todos los pensamientos y actos de estos hombres ostentan el color de lo que vive bajo tierra; en ellos todo se torna más pálido que en aquellos cuya existencia está bañada en la luz del día. Mas casi todas las formas de existencia que hoy exaltamos-el carácter científico, el artista, el genio, el espíritu libre, el actor, el mercader, el gran descubridor se desenvolvieron en un tiempo en esta especie de lobreguez sepulcral.

miércoles, 29 de julio de 2009

Cuentos retorcidos de crimen y enfermedad mental


DESENFRENO

-Historia macabra escrita por Roberto D.-

 

Alberto se despertó ansioso, sintiendo aún en el cuerpo los residuos del dolor que lo había atormentado durante varios días. Permaneció unos diez minutos recostado. Pensaba en el inquietante sueño que había tenido, en el que una inmensa mujer de severo aspecto maternal clavaba sus dientes con violencia en las tiernas extremidades de un bebé. Se levantó de la cama en calzoncillos y abandonó el cuarto; fue a la inmensa cocina de paredes blancas que contrastaban con el mugriento piso y con un  mesón de granito oscuro sobre el que desfilaban cientos de hormigas. Alberto abrió la refrigeradora, extrajo un plato con  un gran pedazo de carne verdosa, agarró un tenedor y lo clavó en la masa sangrienta. Al ver cómo las gotitas rojas resbalaban  por el venoso trozo, experimentó un escalofrío acompañado de una náusea furiosa.

Se dirigió al baño para mojarse la cara. Levantó la cabeza para mirarse al espejo, y al ver su rostro pálido, sus gruesos labios temblorosos, su barba delgada y canosa y su cuello rasgado, se dijo que estaba hecho un desastre. Entonces experimentó una incómoda sensibilidad en el cuero cabelludo. Instintivamente se palpó la cabeza y se dio  cuenta de que le faltaba un mechón de pelo. Adolorido, estuvo examinándose frente al espejo durante un buen rato. Luego sintió la necesidad de secarse. Tomó una toalla y vio que tenía manchas de pintalabios y sangre. La miró asqueado por un momento y la arrojó al piso.

Después de este mal rato, Alberto fue en busca de su camisa amarilla. Revolvió su habitación, pero no la encontró. Esa camisa era un  recuerdo especial. Siempre que la llevaba puesta, revivían en su memoria sus extenuantes sesiones con un  muchacho al que la gente llamaba ‘Goofy’. En esas reuniones, los instintos de Alberto, bajo la influencia del brandy, tomaban control de su voluntad y le llevaban al éxtasis y al desenfreno.

Finalmente, decidió  ponerse una camisa blanca. 

Se colocó también un jean, unos zapatos cafés de cuero y un abrigo negro. Cuando atravesaba el pasillo que desembocaba en la puerta principal, tuvo el impulso de volver la vista. Comprobó que la casa estaba muy desordenada: las alfombras estaban enrolladas y cubiertas con plástico. En el piso había retazos de periódicos, pedazos de porcelana y una docena de botellas de licor. El asombro de Alberto fue mayor cuando distinguió unas huellas lodosas de zapato. Las siguió con curiosidad. Terminaban en un  cuarto pequeño y  cuadrado cuyas paredes estaban pintadas de rosa. En su interior había una estantería sobre la que se encontraban una variedad de cuentos infantiles y una foto, en blanco y negro, de un niño adornado con corbatín y elegantemente acicalado. Vio en una esquina un sucio costal. Lo único que se le ocurrió fue que alguien había entrado a la casa durante su profundo sueño. Se agachó para mirar en el interior del saco. Adentro había una vieja plancha, cuyo cable estaba pelado, sábanas sucias y malolientes, un par de calcetines rojos y un enorme sostén amarillo. Alberto sintió un estremecimiento mientras manoseaba las desconocidas prendas.

Luego volvió a la sala y se dio cuenta de que sobre la mesa habían dejado su navaja de afeitar. Debajo, en el piso, encontró también un hacha, algunos metros de alambre y un alicate. Se inclinó para tomar la navaja y notó que la bisagra tenía una pegajosa mancha roja. Al tratar de cerrarla, se le adhirieron a  la mano derecha unos pocos cabellos negros. Los estuvo mirando un rato. Su confusión se volvió intolerable. Sintió que le atacaba una repentina amnesia. “¿Quién estuvo aquí? ¿Qué me pasó?”, se preguntó.

En ese momento supo que era preciso defenderse. Cerró la navaja y  la guardó en el bolsillo izquierdo del pantalón para repeler algún ataque sorpresivo. Caminó hacia la puerta principal, en la que colgaban las llaves, y sintió un temblor que le nacía en la parte baja de la espalda, trepaba por la columna vertebral, avanzaba por su cabeza y por fin parecía estancarse en el ojo izquierdo, provocándole un tic nervioso. Segundos después le asaltó un repentino dolor en el pecho que casi le hace llorar. Se mordió el dedo pulgar y fue en busca del teléfono, mientras agitaba la cabeza con desesperación. Se detuvo por un instante. Pensó “¿Qué rayos estoy haciendo? ¡Soy un cobarde!” Entonces se precipitó hacia la puerta. Giró las llaves en la cerradura. Salió de la casa aturdido, con la sensación de horror e impotencia de quien se sabe perseguido.

El cielo estaba nublado. Podían ser las siete o las ocho de la mañana. El frío viento   amortiguó la cara de Alberto, que observó atentamente el sendero adoquinado. Unas manchas extrañas conducían a una pala incrustada en el césped del jardín. El corazón del hombre se aceleró, mientras su boca se secaba.

Necesitaba abandonar la casa. Abrió la cerca y tomó por un camino empedrado mientras escuchaba el ruido que producía el río que corría cerca del sendero, a la izquierda. Se detuvo un momento para contemplarlo. Respiró muy profundo, esperando que los latidos de su corazón se regularan. Observaba el  agua con una calmada tristeza. A lo lejos se levantaba una pequeña loma. Alberto se fijó en un árbol muy alto, tal vez un ciprés, que se encontraba en la pendiente y parecía precipitarse hacia el río. Agachó la cabeza y continuó caminando hasta que un olor a carne asada llamó su atención. Anduvo unos doscientos metros. Algo en su interior le guiaba hasta el asadero, en donde había concertado la reunión que el aturdimiento le había hecho olvidar, y que solo hasta ese momento recordó. Entró en la cabaña, un local obscuro, sin ventilación, que olía a orines. En el  interior había ocho mesas de madera. El mozo, un tipo pequeño y fornido, lo miró con indiferencia. Alberto tomó un diario del mostrador y pidió una cerveza. Al traérsela, el mozo le dijo que le pagara a la cocinera. Cuando Alberto sacó la mano  del bolsillo derecho del abrigo para contar el dinero, vio sobre su gran palma, junto a las monedas,  una uña, larga, delgada y pintada de rojo. La arrojó inmediatamente.

Detrás del mostrador, la cocinera estaba muy concentrada destazando una gallina. Alberto se acercó lo suficiente como para llamar su atención, pero la gorda no se percató de su presencia y siguió asestando hachazos al animal muerto. El último golpe de su voluminoso brazo hizo que la sangre salpicara la camisa blanca del silencioso cliente. Entonces la mujer advirtió por fin a Alberto, que estaba inmóvil y horrorizado, y  exclamó:

-Tranquilo, mi bonito. Y continuó entre carcajadas -¡A mi marido también le asusta mancharse de sangre!

-Me parecen repugnantes las manchas rojas en las prendas blancas -respondió furiosamente el hombre, que había salido de la estupefacción provocada por el inesperado accidente.

La mujer se aproximó a Alberto para limpiarle la camisa con un trapo húmedo. Reía mientras expandía las pequeñas manchas en la tela blanca.

-¡Déjelo ahí, que la está embarrando más!- gritó Alberto desconcertado.

- No sea malagradecido- respondió la gorda con una mueca, mientras el hombre se alejaba después de lanzar con asco unas monedas sobre el mostrador.

Se sentó nuevamente. Estaba demasiado molesto para aclarar sus ideas. Vio algo que llamó su atención. Un titular del periódico decía “Le destrozaron el  aparato reproductor a cuchilladas”. Debajo había una foto de un cuerpo torpemente suturado.  Mientras avanzaba  la lectura y terminaba la cerveza, se apoderó de él una sensación de temor, semejante al que había sentido de pequeño, al descubrir que toda niña tiene entre las piernas una trampa húmeda y pulposa.

Había empezado a relajarse cuando alguien tocó su hombro. Era una mujer obesa, como de cuarenta años, de ojos anormalmente saltones, con una nariz gruesa y llena de granos. Cubría su cuerpo con un vestido sucio y viejo de color celeste.

-¿Cómo está? ¿Es usted el señor que necesita una muchacha para limpiar la casa?

El hombre le respondió reflejamente:

-Sí, claro -Y continuó- Te invito una cerveza.

La gorda se le quedó mirando unos instantes. Luego le sonrió. Alberto le pareció simpático. Un patrón culto y educado.

- Uy, qué amable, pero es que estoy de apuro. Mejor empezemos cuanto antes el quehacer- respondió. El largo rasguño que Alberto tenía en la garganta le llamaba poderosamente la atención.

Sin insistir, Alberto se levantó y le señaló la salida. Tomaron por el sendero que conducía a la casa. Mientras caminaban, la mujer despedía un olor ácido, hediondamente perfumado, que se mezclaba con el aroma del bosque y se incrustaba en las fosas nasales del hombre. De pronto la gorda se detuvo. Luego corrió torpemente hacia una flor amarilla que se levantaba espléndida entre los matorrales. Se agachó para arrancarla. Su vestidito dejó al descubierto el inicio de sus enormes y flojos muslos.

-Qué hermosa es la naturaleza -exclamó emocionada. Arrancó la florecilla y se la introdujo por entre los cabellos. Luego se acarició coquetamente las abultadas caderas, como si la flor le hubiese dotado de pronto de una juvenil belleza que era preciso exhibir.

Alberto observó sobrecogido esas extremidades anchas, varicosas y llenas de pequeños orificios provocados por la celulitis. Las piernas le parecieron dos enormes rodillos que iban a aplastarlo. Las carnes de la mujer eran nauseabundas, como grandes trozos de queso gelatinoso que flotan en un suero blanquizco y maloliente.

Poco después la fachada de la casa empezó a divisarse. A la mujer le pareció la materialización del palacio de sus sueños:

- ¡Oh!-¡qué casa tan bella! ¡Pero si es una mansión!

 Alberto la ignoró. Levantó el acceso de la cerca. La gorda caminaba detrás de él, mirando bobamente de un lado a otro para no perder detalle de la hermosa arquitectura.  Su desilusión fue grande cuando el hombre abrió la puerta principal, al ver las sillas patas arriba, el piso cubierto de periódicos y las paredes manchadas y dañadas por la humedad. Entonces exclamó:

-¡Caramba! Esto es un chiquero.

Fríamente, Alberto ordenó a la mujer que empezara el aseo por el cuarto de arriba. Le dijo que le esperara allí mientras le llevaba los implementos de limpieza. Entró en la cocina, sacó una cuerda de diez milímetros de ancho que tenía debajo del lavaplatos y la guardó como pudo en el bolsillo derecho del pantalón. La mujer obedeció a la orden de  mala gana. Le pareció que el patrón se había vuelto hostil y desconfiado. Subió  las gradas. Entró en la habitación y vio, ya sin asombro, que el sitio estaba sucio y desordenado: en el piso había ropa usada, pelucas, zapatos y seis botellas de cerveza. En una esquina se encontraba un viejo velador sobre el que había varias revistas pornográficas. Sobre la cama yacían un panda de peluche y una muñeca sin extremidades. La gorda caminó tranquilamente hasta la cama y asentó sus desproporcionadas nalgas sobre ella. Cruzó las inmensas piernas de manera que sobresaliera un muslo. Tal vez el patrón tuviera otras necesidades.

En ese instante Alberto apareció. Se había despojado del abrigo. Empezó a acercarse a la mujer con movimientos lentos y algo graciosos, como si algo entre las piernas le estorbara. Su expresión de lascivia confirmó las intuiciones de la gorda, que empezó a sonreírle con un gesto de estupidez. Cuando estuvo suficientemente cerca, Alberto extendió la mano derecha y acarició el feo rostro de la sirvienta. Ésta, al mirar el bulto bajo el pantalón del hombre, dijo pícaramente:

-Papito, estas tensísimo.

-No -corrigió Alberto mientras extraía del bolsillo la cuerda de polyester-. Es un juguete.

-¿Me vas a amarrar? La excitación crecía en el cuerpo de la mujer.

-Sí. Es que el sexo convencional me aburre y como tú tienes un cuerpo voluptuoso… Me imaginé lo divertido y placentero que sería.

La mujer levantó la cabeza y dejó escapar una sonrisa intencionada.

- No te preocupes, amor. A mí también me gustan esas cosas.

La gorda, excitadísima, besó los grandes labios de Alberto mientras con su gruesa mano la acariciaba las rodillas y los muslos. Permanecieron un rato así. A la gorda había empezado a preocuparle que el hombre no la tocara. Pensó que faltaba algo de estímulo  y creyó que a él le gustaría que le apretara la zona genital. Cuando lo hizo, Alberto, como si hubiese estado preparando el golpe, le lanzó un potente y certero cabezazo que cerró el ojo izquierdo de la mujer. Ella quedó aturdida por unos instantes. El atacante sonreía, y eso la encolerizó. Empezó a gritar furiosamente. Se abalanzó sobre Alberto y con sus uñas largas, amarillentas y llenas de mugre, le marcó el rostro. Con la cara magullada, lleno de angustia por encontrarse debajo de ese inmenso cuerpo, el hombre empezó a descargar temibles rodillazos sobre el estómago de su oponente. Ella, sin aire, le dio la ventaja de un par de segundos. Entonces Alberto mordió sus descomunales senos, que habían quedado parcialmente descubiertos en la refriega, y logró someterla. Tomó una de las botellas que rodaban por el suelo y golpeó con todas sus fuerzas la cabeza de la sirvienta. La mujer quedó inconsciente.

Con gran esfuerzo, Alberto colocó  el pesado cuerpo en el lecho. Tomó la soga y amarró los pulposos brazos  al espaldar de la cama. Luego entró en el baño, destapó un frasco de alcohol y limpió las heridas de su rostro ante el espejo. Abandonó el baño. Regresó a la cocina. Sacó de un cajón un cuchillo largo, ancho, con un viejo mango de madera. Retornó al cuarto y al ver que la mujer había recuperado el sentido, le gritó:

-¡Te jodiste puta! ¡Me lacraste la cara!

- Perdóneme por favor, respondió la pobre gorda, consciente ahora de la peligrosidad del hombre.

 -¿Que crees, estúpida? ¿Que después de lastimarme así vas a quedarte tranquila?

-  Tenga piedad de mí, por favor

- ¿Qué? ¿me viste cara de santo?

El cinismo brutal de Alberto y el horror envalentonaron  a la mujer:

- Maldito. ¿Qué me vas a hacer?

- Te voy a meter un cactus por la vagina- dijo Alberto, obedeciendo a la retorcida necesidad de ver a la mujer deseperada y llorando.

La gorda fue presa de un ataque de pánico. Empezó a gritar histéricamente. Alberto sonreía al verla.

- Es una bromita, no tengo un cactus.

Después saltó sobre ella y, con sus pesados puños, pulverizó la ancha nariz de la mujer. Dejó a su presa semiinconsciente para ir en busca de  sus herramientas. Atravesó el corredor, bajó  por unas viejas y sucias escaleras. Entró en un amplio y frío sótano de paredes despintadas que apestaba a basura. Se detuvo frente a un escritorio que estaba embarrado de un líquido amarillento. Abrió el primer cajón, sacó un maletín negro con un distintivo de la Cruz Roja, dentro del cual había una  sierra manual, un bisturí, cinta adhesiva,  un fórceps y un par de guantes de cuero. Tomó la sierra manual, los guantes y la cinta. Después cerró el maletín y lo devolvió al cajón. Subió las gradas limpiando la sierra en su pantalón. Entró en la habitación. Arrancó un poco de cinta, tomó de los cabellos  a la mujer y le selló la boca. Con la sierra le cortó una oreja.

La mujer se retorcía y gemía de dolor y Alberto disfrutaba del crepitar que producían los cartílagos al desprenderse. Una vez que tuvo en su mano la oreja marchita, decorada con un largo pendiente y de cuyo antitrago nacían unos delgados rizos, la chupó lentamente con excitación.

La mujer le parecía una muñeca rellena con miel. Alberto no paraba de lamer los líquidos que salían de la herida.

Luego extrajo de su pantalón la navaja de afeitar. Deslizó la luminosa cuchilla por el vientre estriado de la mujer, la llevó hasta los senos venosos  y  de súbito rajó un  enorme pezón. El rostro de la víctima se contrajo en una espantosa mueca de dolor. La sangre brotó  y descendió muy suavemente hasta los  pelos gruesos y enredados de la pelvis. Alberto sintió fascinación al ver el rollizo cuerpo ensangrentado. Expandió  la sangre, con su lengua, por todo el abdomen. Llegó al pubis. Separó delicadamente los pliegues de la vagina. El clítoris afloró brillante como una joya. Empezó a succionarlo con avidez, como un cachorro prendido de la ubre de su madre. Tiró la navaja, tomó el cuchillo y preguntó a la moribunda:

- ¿Te gustan los tipos bien dotados? 

La criada movía lentamente la cabeza, mientras miraba con horror cómo la hoja raspada del cuchillo se acercaba a su vulva.

- ¡Porque yo tengo veinte centímetros de acero!- exclamó Alberto enloquecido mientras miraba la oscura vagina, que le pareció una herida rugosa y palpitante.

La penetró con su puñal. El dolor de la cuchillada cegó a la mujer por unos instantes. Cuando se recuperó, sintió claramente cómo el objeto afilado y frío se deslizaba por sus entrañas, provocándole un sufrimiento terrible. La hoja que le cortaba los órganos avanzaba y se detenía, giraba, se enredaba. La sangre que manaba le dio la impresión de que se estaba orinado. Tenía la espalda empapada en sudor frío. Respiraba con estertores. La sangre se escapaba por la comisura de sus labios y por el orificio de la vagina. En el último momento quiso levantar la vista para ver a su asesino, pero la cabeza ya no le obedecía. Entonces cerró los ojos y experimentó una tibia e inesperada sensación de paz. Con un largo suspiro dejo de existir.

Albero se apartó descontrolado, y  al ver la abundante sangre que salía del cadáver dejó el cuchillo, tomó la sierra y empezó a cortar el vientre. La tarea no resultó tan fácil, la sierra se atoraba en las entrañas. Enfadado, vio que los intestinos oponían mucha resistencia y decidió usar las manos para destripar el cuerpo y poder dividirlo. En seguida una ola de sangre y de excremento se levantó incontenible para manchar la camisa, las sábanas y las paredes. Después del esfuerzo, Alberto se despojó de la camisa y se quedó con el torso desnudo.

En seguida sintió un malestar en el abdomen. Caminó por el pasillo en dirección al baño. Se sentó. Experimentó mucha dificultad para expulsar las heces. Sentía mucho dolor y eso lo fastidiaba. Se aseó con un papel de hoja fina. Se subió los pantalones, pero le pareció que habían quedado restos de suciedad entre los pliegues de sus nalgas, así que decidió usar el bidet. Después de unos minutos, fresco y limpio, retornó al cuarto.

Cortó la soga que ataba los brazos y llevó el inmenso torso al patio. La pobre gorda asemejaba un grotesco maniquí desarticulado. Tomó una pala, y tras cavar un buen hoyo para enterrar la mitad del cadáver, ingresó a la casa para traer la parte inferior. Como las piernas eran muy voluminosas, tuvo que cortar a la altura de las rodillas, operación que facilitaba la tarea de almacenar la carne en el congelador. Con una sonrisa caminó hacia la alacena donde guardaba el brandy. Bebió un poco para eliminar el gusto amargo que tenía en la boca. Estuvo divagando unos instantes. Recordó que cierto personaje famoso había dicho: “Lo que puedes hacerlo hoy, no lo dejes para mañana”. Le pareció el colmo de la sabiduría. Entonces miró el teléfono, lo tomó, marcó un número. Sonó tres veces. Contestó una mujer.

-Agencia de empleos “La María”.

-Buenas noches. Me hace el favor, necesito una chica que venga a limpiar mi casa.