
Mujerzuelas
Prosa lírica de Felipe Rentería
Son muy feas, pero se enorgullecen de los hombres que han destruido y ni la princesa más delicada se les iguala en vanidad. Son dueñas de secretos extraordinarios. Obligan a desnudarse a sus amantes, a los que lamen y babean. Les introducen las uñas en el recto, que se aprieta como para retener la masculinidad que se escapa. Luego les meten los dedos en la boca, y los hombres, hipnotizados y temblorosos, imaginan que sus heces huelen a ámbar y ambrosía.
No hay que acercarse a ellas. Cuando uno las encuentra en la calle debe mirar para otro lado, no sea que caiga también en la atracción invencible de su mal olor magnético.
Jamás se lavan los dientes. Sus cuerpos están atrofiados, como los de las enanas, y parecen hongos o setas más que seres humanos. Comen hamburguesas con huevo que luego eructan llenas de placer.
El dinero se lo guardan bajo las tetas, que cuelgan como negras bolsas de hule, con los pezones como desagües. Usan mallas con festones y botas militares; se maquillan con trozos de carbón.
Cuando niñas, jugaban a castrar a los perros.
Nunca usan calzón. Los vellos se les enredan para ocultar ladillas y piojos, que viven en la pelambre como las fieras entre las matas. A veces trenzan escaleras por las que hacen subir a los poetas, a los que luego pinchan con alfileres y les revientan los ojos. Cuando están caídos, les escupen o vomitan, y en ocasiones les impregnan el menstruo.
Se consideran, con soberbia, sacerdotisas de un antiguo culto.
Han parido hijos a los que matan de hambre; a sus madres las martirizan presumiéndoles sus aventuras. Conocen más que cualquier científico la anatomía de las vergas erectas y los escrotos arrugados, exploran con exactitud sus venosidades, nervaduras y pellejos, que pellizcan con gozo cuando atrapan un ingenuo.
Son capaces de identificar por el hedor cualquier enfermedad venérea. En esto son infalibles. Son las maestras de la pus y los fluidos. Recetan alcanfor para las llagas del herpes y vinagre para las úlceras del chancroide.
Tienen papiloma y pronto morirán, más eso no les importa, porque, en su sentido, son bellas y perfectas. Huelen tan mal que hasta en los infiernos los diablos se taparían las narices. Por eso sus hombres las adoran. Se acuestan entre sus brazos y dejan que los amaquen. Ellas les hacen tragar el licor lechoso de sus senos varicosos hasta que sus cerebros se reblandencen. Entonces los llevan de fiesta. Van todos a las plazas, hacen grandes escándalos y beben en las calles. Luego, en la estupidez de la ebriedad, ellos exhiben las billeteras y compran drogas para ellas y sus amigos.
Cuando están tristes se rapan la cabeza. Les gusta fingir que son hombres y se tocan entre ellas. Sueñan que un caimán les introduce por el recto el miembro, que se desprende y emerge por la boca, y luego vuelve a penetrar por sus vaginas malolientes.
Si Cristo resucitara, oh, le meterían las lenguas por el ano hasta alcanzarle los intestinos, le harían renegar y maldecir mil veces debajo de sus uñas ennegrecidas. Así lo liberarían. Si Cristo volviera para ellas, no habría otra Resurrección. Ellas le darían de lactar para que vomitara a Dios, para que se escupiera a sí mismo. Él, entonces, estaría salvado, incrucificable, metálico. Después, en su esplendor, le arrancarían un testículo a mordiscos.
Son mujerzuelas. Nadie las puede tocar.
A pesar de su orgullo, son expertas en humillarse; pocos conocen su punto débil, que les duele realmente. Ignoran quién es su padre, solo saben que vaga borracho por las calles y que en cualquier momento lo pillarán y se lo follarán sin saberlo. Tal es su trágico destino.
Son mujerzuelas. La Historia les debe mucho.