“No son prostitutas” fue mi determinación. Jamás estaría con ninguna de ellas. Jamás me atrevería a preguntar “¿Cuánto?”. Jamás. Eran damas, dignas de enamorarlas, dignas del himeneo mas no de la mancebía.

Estaban allí, dejándonos todo el derecho a elegir una. La adecuada, la que más se insinuara entre el agua que resbalaba por sus rostros y muslos. Un escaparate público, más público ahora que nunca. A las rameras no se las distinguía entre el gris desvanecido. Parecía que todas vestían igual, que eran realmente un gremio.
Estaban allí, las conté: 33. Faltaba una. ¿Dónde estaba? ¿Se fue a guarecer de la lluvia, como lo más normal? O ¿estaba con un cliente? ¿Con Jesús, mi amigo, gozando la lluvia, el minúsculo frío acumulado en las bellas corvas?
Decían que se cotizaban al doble con la lluvia, porque se vislumbraba su piel a través de la tela mojada. Tonterías. Eran prostitutas caras porque se las debía cotejar para servirse de ellas, porque no aceptaban un “¿Cuánto?” como flirteo.
De pronto, comenzó a llover a torrentes. Ahora sí, ellas no soportaron el chubasco. Caminaron a un lado hacia un atrio para guarecerse. El parque quedó vacío como una estampa, con un aire de enjabonado. De ese vacío, surgió una novia toda vestida de blanco. Corría con incomodidad sosteniendo con su mano izquierda la cola de su amplio vestido y con la otra el velo que parecía desintegrarse en el agua.
Nadie supo hacia dónde se dirigió, nadie supo si ese apremio lo ordenaba el atraso o la vergüenza, la persecución o el amor. Yo no dejaba de pensar en la puta que faltaba, pero ellas en cambio tenían un aire de estar pensando en el novio de esmoquin y en una lluvia de arroz.